Un danzón, una vida

En el último Encuentro Nacional de Mujeres Danzoneras Creadoras, salió a relucir: Juana Manzano Pina es la danzonera más longeva aún en activo / Foto: DoradoDispone su atuendo para el mayor Baile de Gala: el de la vida. Por eso a nadie extraña ver cómo a los 98 siente el mismo impulso que otros 320 miembros del Círculo Amigos del Danzón “Teodoro Gómez Zúñiga”. En el Salón “Minerva”, de Cienfuegos, hallará usted a la danzonera más longeva de la Isla, aún en activo.

De no ser porque el talento y la historia le atribuyeron a Miguel Faílde todo el crédito, hubiese jurado que fue ella quien compuso el primer danzón. Al menos, con sus pies y caderas. La miro detenidamente. ¡No hay dudas! Juana Manzano Pina lo descubrió. Así, como en otra suerte de viaje en busca de lo ignoto.

La ley de la gravedad parece haberse enemistado un poquitín con su cuerpo. Sucedió, seguro, durante las últimas décadas. Igual da. Cada paso suyo en busca de un giro firme, al compás de sentidas letras escritas ayer, le grita a una -mera espectadora-: “Complácete. Esta noche ves a Cuba bailar”.

“Yo empecé a los 19. Llevo 79 años bailando -recalca y se empeña en articular las palabras lo mejor posible, para que el resto comprenda. Desde pequeña oigo la música y…”.

Según cuentan, ya hacia 1933, lozana, irrumpió en el “Albores”. Allí, donde había lugar entonces para la raza negra, pretendió compartir sus ratos de distracción. Hasta le postularon después para “Estrella de Salón”, en el Nuevo Club Reformista.

¿Alguien le enseñó a bailar de tal modo?

“¡Ah, no! Si tú supieras… Antes estaban las chaperonas -relata, mientras el pasado se le amontona en la abertura que extiende los labios. Mi mamá nos llevaba a mi hermana mayor y a mí al local. Bailábamos, tanto. Luego me enamoré y, ahí, seguí bailando. Me nace”.

¿Requiere acaso demasiada técnica? ¿Cómo distinguir a aquel con total dominio, del aprendiz?

“Yo serviría como observadora. Veo algunas parejas que se mueven, pero… Sé quién lo hace bien y quién no. No te lo puedo explicar. Me percato hasta de si se equivocan en un pedacito.

“Anda por aquí un compañero, ganador hace poco de una competencia de esas en La Habana. Si me piden una demostración, respondo: ‘Solo con Santos’. Y cuando yo me equivoco, por ejemplo, le digo: ‘Vamos mal’. Volvemos a empezar (…) Un día un señor diferente me comentó: ‘Oiga, usted sí lo tiene. Lo que bien se aprende no se olvida’. Quien sepa bailarlo bien, lo sabe todo”.

¿Ha dado lecciones a otros?

“Sí, claro (…) Mis hijas bailan. Participan en concursos. Yo les enseñé. A veces me pongo a pensar: ‘Ojalá todo el mundo supiera’”.

Le imagino repetir la frase. A la par, una armonía sonora secuestrándole los huesos, y los músculos, sin permitirle siquiera recordar con exactitud cómo ha pasado el tiempo.

En los minutos siguientes, atareada. “Las labores llaman. ¿Qué hago en casa? ¡Ufff!…Tejer o hacer flores; buscar dentro de las revistas los consejos para las abuelitas, o leer de nuevo los de mis recortes; limpiar los muebles. Fíjate: los demás durmiendo todavía y yo me levanto, cojo un paño y le paso a todo. Después me vuelvo a acostar (…) No puedo estar tranquila. Debo andar ocupada con algo siempre”.

Y de nuevo cierta canción confiscándole el mínimo estatismo…

“Entonces cuando escucho una pieza en la radio o la ponen en la televisión, ¡hasta bailo sola! -suelta la carcajada. A la hora del descanso, idéntico, lo hago. Después sigo (…) Siento por dentro una emoción grande. Si se trata de Fefita, más. Me gusta mucho ese tema. El encanto está en la melodía. Yo la veo como una cosa delicada, fina. Y no todos son iguales… ¡Un baile popular! El movidito te saca más” -continúa riendo.

Resulta asimismo viable para cautivar y hallar el amor…

“Sí. Por eso a mi novio no le gustaba que yo bailara con nadie más. ¡Un poco celoso él! Óigame: si, aunque se vea feo decirlo, yo creo que no hubo un joven de la época que no intentara enamorarme. ¡Me piropeaban bastante! Ahora, yo fui siempre seria, nunca una muchacha ‘salpicona’. Tuve un solo novio. Con él me casé”.

¿De modo que no debió recurrir casi a la magia del abanico?  

“No, no. Cierto -sonríe, cual si recién advirtiera el tesoro en detalles comunes, cotidianos. El abanico da la elegancia. No por gusto se le llama ‘la prenda del danzón’. A la hora del descanso te echas fresco, suave. Caminas y, durante el paseo, el saludo. Es primordial. No te puede faltar. No, no, no”.

A intervalos queda esa impresión… Cada vuelta a ritmo debió replicar en los años de Juana un pasaje trascendente. ¿O varios?

“Al poco tiempo de empezar a enamorar con mi difunto esposo, cayó preso. Íbamos para un baile, mira tú. Entonces él nos dijo: Vayan caminando; yo voy ‘horita’. Era comunista rabioso. Se ganó un viaje a Rusia en el ’73 -abre ella un paréntesis. Aquella noche le fue a entregar un papel a un guardia vestido de paisano. Ahí mismo lo agarraron, el 6 de octubre del ’33. Salió en abril del año siguiente (…) La historia mía es muy larga”.

¿Cómo encuentra uno la pareja de baile ideal? ¿Qué debe distinguirle?

“Tienes que llevarte bien con él. Fíjate, ¡desde el compás! Lo primordial. Compartir esos momentos en el salón… ¡da vida!”.

¿Entonces viene con frecuencia al “Minerva”?

“Sin falta, a fin de mes. Me encanta bailar con Los Naranjos. Ellos tocan el último domingo. Nunca me los pierdo. ¡Y vivo en la Juanita! Algún otro día mis hijas vienen y me embullan: ‘Mami, vamos’. ¡Pues vamos!”.

 Escrito por: Lisandra Marene

Material relacionado:

Fefita para Teodoro

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Acerca de lospasosencontrados

Periodista del semanario CINCO de Septiembre, en Cienfuegos. Graduada de la Universidad Central "Marta Abreu" de Las Villas.

Publicado el junio 10, 2012 en Entre dos... !o más! y etiquetado en , , , , , , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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